Los hombres que Dios pone en el camino son los lazos humanos que lanza Dios en mi vida para que me salven y me ayuden a confiar en su poder
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| Liderina | Shutterstock |
La
confianza es un don que doy y un don que recibo. Es muy difícil confiar en las
personas. Saber que me pueden fallar y abrir mi alma, entregar el corazón.
Tengo que aprender a regalar
confianza fijándome en lo bueno que hay en cada uno.
Pero cuando me fijo sólo en lo
negativo no confío en lo que veo. Y aquel al que digo amar no se siente amado.
En cambio, cuando confío en la
belleza escondida en quien tengo ante mí todo cambia. Y a partir de ese momento
comienza una relación nueva.
He descubierto su don, su
belleza, su tesoro. Y al mostrárselo se crea una relación nueva de confianza.
Es
el camino del educador. Del que ama y desea el bien de la persona amada. Tengo
que aprender a creer siempre en lo bueno que hay en cada persona. Incluso
cuando he tocado su pecado y he visto su pobreza.
Ese amor incondicional es el que
regala una confianza que es la piedra firme de mi vida.
Un delicado tesoro
Cuando me miran y descubren en mi
interior un don escondido, cambia todo en mi alma. Me siento amado desde
lo que soy, no desde lo que debería ser.
Hace falta una mirada aguda para
ver el tesoro escondido. Tengo que buscarlo y encontrarlo en mi interior y en
el de aquellos que se me confían.
La confianza es frágil. Su
piel muy fina. Si me descuido puedo dañarla y ya no habrá un camino de
vuelta.
No es tan fácil recuperar la
inocencia perdida del que confiando se ha visto traicionado.
Por eso, ¡qué importante
guardar como un tesoro todo lo que me cuentan! Lo guardo como un tesoro
inmenso que me confían.
Me arrodillo ante la vida de
aquel que se detiene ante mis ojos. Aguardo paciente y en silencio.
Me admiro ante esa vida
que es siempre un misterio. Y ante todo lo que hay en él guardo un respeto inmenso.
Siempre esperar
Necesito tener una y otra vez
paciencia porque los procesos que se darán en su corazón son lentos.
Es así: no puedo empujar las
aguas del río, ni forzar al capullo para que estalle y me deje ver la flor.
El crecimiento siempre es lento y
desde dentro, desde lo más profundo, hacia el exterior.
Así que no tengo que claudicar.
Al contrario: empiezo siempre de nuevo porque la confianza se renueva cada
mañana.
Tengo que creer en la bondad
escondida en cada persona aunque sienta que no responde a mis expectativas. El
padre José Kentenich dice:
«En la educación es esencial conservar
la fe en lo bueno del ser humano, a pesar de todas las desilusiones que hayamos
experimentado, de los múltiples extravíos que hemos de presenciar, y a pesar de
las constantes luchas de las que somos testigos en la vida de nuestros hijos».
J. Kentenich, Para un mundo del
mañana, pag 29
La confianza despierta lo mejor
Una actitud de confianza en quien
amo es capaz de despertar y desarrollar en el amado energías positivas.
Porque cuando creen en mí se
despierta la fe y la confianza. Creo que puedo llegar más lejos porque
alguien me ha mirado con amor, con misericordia. Sin exigirme dar lo que no
tengo.
No es tan sencillo vivir de esa
manera. Confiando siempre en todo lo que Dios ha puesto en el corazón de los
demás. Confiar en mí mismo, en los demás, en los que amo.
Confiar me da seguridad, me da
libertad interior.
No es tan sencillo confiar
siempre cuando las cosas no salen como yo espero, cuando los fracasos y las
decepciones forman parte de mi vida limitada.
Sin embargo, cuando creen en mí
brota en mi alma una fuerza interior antes desconocida. Leía el otro día:
«Necesito tener a mi lado a un
hombre que me haga creer que existo; que no desaparecí; que era Mario el que no
me veía pero que aun así yo sí existía; que soy una mujer real, con
sentimientos, ilusiones y deseos».
Amelia Noguera, Escrita en tu nombre
Cuando creen en mí es porque
alguien me ve. Existo. Soy visible. No he desaparecido del mundo.
Tengo un valor inmenso oculto en
el alma. Y esa mirada creyente sobre mi vida saca la mejor versión de mí y me
lleva al mismo tiempo a creer y confiar en los demás y en la vida.
Un camino que conduce a Dios
Esa confianza recibida me lleva a
Dios. Porque los hombres que Dios pone en el camino son los lazos humanos
que lanza Dios en mi vida para que me salven y me ayuden a confiar en su poder.
Es muy difícil llegar a creer en
ese Dios al que no veo si no confío en las personas que Él pone en mi camino.
Son puentes al cielo.
Pero cuando confían en mí, cuando
me valoran, todo cambia. Doy mi mejor versión y soy más feliz.
Cuando noto desconfianza. O veo
que los demás no creen en mis dones, en mis habilidades, en mi verdad. Entonces
todo cambia y me cierro. Me niego a dejarme herir de nuevo.
La desconfianza que siento de
muchas formas posibles me hace daño. Puede ser indiferencia, puede
ser olvido.
Pueden ser omisiones que me
duelen porque esperaba algo más. O pueden ser palabras hirientes, burlas que
muestran en público mi debilidad.
Siento que desconfían y construyo
un muro a mi alrededor para que nadie entre en él. Para que nadie más
me haga daño.
Necesito confiar y sentir que
confían en mí. Es un camino de ida y vuelta. Desde dentro al corazón del otro.
Desde su corazón al mío.
Y desde esa confianza humana
brota la confianza en un Dios cercano que nunca me deja solo.
Carlos Padilla Esteban
Fuente: Aleteia






