¿Por qué no acaba con todo el mal del mundo si es Todopoderoso? El dolor de ahora forma parte de la plenitud futura
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| Paul shuang | Shutterstock |
Dios no me salva del sufrimiento y tampoco me libera del dolor. No
realiza continuos milagros salvándome de mi muerte segura, de todo lo que me
hace sufrir.
No es un Dios
que evite que le vaya mal en la vida a quien cree en Él ciegamente. No es ese
mi Dios en quien creo.
Es
precisamente ahí, en el dolor, en mi sufrimiento, donde Jesús viene a salvarme.
Se abaja a la
altura de mi herida, de mi angustia, de mi derrota.
Lo que le pido
a Dios, lo que busco en la vida
Yo miro mi
vida temporal e imperfecta y me gustaría que mi Dios fuera distinto. Un Dios
liberador de todo mal.
Un Dios que calmara todas las tormentas, acabara con las
injusticias enviando fuego desde el cielo y resolviera así todos los
conflictos. Un Dios hacedor de milagros cada vez que para mí sean necesarios.
Me he
acostumbrado a soñar una vida sin dolor. Todo lo que hago en este mundo es
querer vivir mejor, no peor. Busco la comodidad, que todo funcione bien.
Hago planes e
intento que nada se me escape. El control me da seguridad. Es esto lo
que deseo, calmar todas mis ansias y paliar todas mis dificultades en esta
vida.
Y cuando la
vida no me sonríe, me lleno de rabia. Me gustaría que el mundo entendiera todo
lo que sufro y se compadeciera de mí.
Quiero que me
ensalcen y admiren por mi resiliencia. Me gustaría recibir en esta vida muchos
bienes por todo el mal sufrido.
Sueño con ese
Mesías liberador en lo concreto, en lo material, en lo cotidiano. Un
Salvador de almas perdidas.
¿Cómo es Dios?
¿Por qué no
acaba Dios con todo el mal del mundo si es Todopoderoso? ¿Por qué no
establece su reino como una vuelta al paraíso? Sin dolor, sin muerte, sin
enfermedad, sin pecado.
No lo sé. Me
confunde este Jesús que vino a salvarme en mi angustia. Y a veces me pregunto
cómo es mi Dios.
Si realmente
no puede hacerlo, ¿resulta que tal vez entonces no es tan poderoso? Y si Dios
quiere mi mal, ¿sería entonces mi Dios un Dios malo?
Si sólo es que
mi Dios lo permite, ¿me encuentro ante un Dios cruel? ¿Con qué respuesta me
quedo?
Hay varios
caminos a la hora de mirar a Dios y yo tengo ideas preconcebidas. Pienso
que un Dios bueno y todopoderoso no puede consentir el mal en la vida del
hombre.
En el momento
de la prueba, ¿creo?
Y dejo de
pensar. ¿Cómo se resuelve el dilema? Lo he visto muchas veces. Cuando el mal
está lejos de mi vida, creo en Dios. Pero en cuanto me acecha pierdo la fe.
Es como cuando
digo estar en contra del aborto, hasta que mi hija adolescente se queda
embarazada y entonces le sugiero que aborte. ¡Cuánta incoherencia!
Puedo dar
charlas fantásticas sobre la misericordia de Dios y su amor incondicional por
mí.
Pero
luego, cuando sufro un mal y me siento solo, me alejo de Dios, dejo de
creer en su bondad.
La necesaria
muerte…
En su
libro Repensar el mal, Andrés Torres Queiruga se plantea esta
realidad tan habitual en el corazón del hombre y dice:
«La salvación
definitiva sólo puede venir con la muerte. No porque Dios quiera la muerte,
sino porque la finitud histórica nace y tiene que morir. Pero no nos deja caer
en la muerte y nos salva».
Esta vida es
finita y caduca. Unos cuantos años de camino. ¿Y después? Ese Dios en el
que creo me promete la vida eterna.
Me muestra el
camino al cielo, a la plenitud. Y en medio de mis angustias me
levanta de mi dolor, de mi finitud, de mi muerte abriéndome el camino que
lleva a la vida plena, a la esperanza eterna. El mal sigue sin tener un
sentido.
Pienso en las
preguntas que le haré a Dios cuando llegue al cielo. Seguramente entonces no me
importarán ya las respuestas.
La promesa
ilumina la limitación
Entiendo que
el mal forma parte de mi condición humana limitada y finita. Sé que soy
imperfecto y deseo lo que no poseo y no amo bien lo que me pertenece.
No me alegro
con lo que disfruto y no alabo a Dios por lo que me da. Le echo en cara que no
tengo todo lo que podría tener. Mi infelicidad es culpa de Dios, pienso.
Pero no es
así. Dios no me concede en mi vida mortal la inmortalidad terrena. Dios no
hará realidad todos mis sueños aquí y ahora.
Pero pone en
mi corazón un deseo de infinito para que nunca pierda la esperanza y no deje de
luchar.
Me llama a la
eternidad como camino de vida pleno después de la muerte, cumplidos ya mis
días.
La felicidad
futura ya existe en el amor de hoy
Sólo quiere
que lo ame en mi vida. Que le dé torpemente un amor herido como respuesta
a todo lo que Él me ama en mi indigencia.
Sabe que soy
débil y no me pide lo imposible. Pero calma mis días llenos de miedos y me
hace creer en el bien que ha sembrado en mi alma y en la de aquellos que
caminan conmigo.
Y es así que
entiendo que el dolor de ahora forma parte de la plenitud de entonces,
cuando esté con Él para siempre.
Y la felicidad
futura que anhelo está presente y viva en ese dolor que ahora sufro y me lacera
el alma.
Y así vivo
de una forma diferente porque tengo el corazón anclado en el cielo, en un Padre
que me espera feliz al final del camino temporal y al comienzo del eterno.
Creo en ese
Dios que me hace ver el bien oculto de los males que vivo. Y me hace
descubrir una esperanza pequeña, naciente, en medio de la sequedad de
mi dolor, cuando parece todo perdido.
Creo en ese
Dios que camina conmigo y me levanta cada mañana. Me gustan su luz, su fuego y
su presencia sanadora.
Carlos Padilla
Esteban
Fuente: Aleteia






