Ese amor tan grande se derrama ante mis ojos y yo siento que estoy muy lejos, por eso me postro, por eso comulgo...
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Pienso en ese Jesús en carne y sangre al que sigo. Quiso hacerse
hombre, cercano, humano, para caminar al ritmo de mis pasos.
La eucaristía me recuerda su presencia
por amor. Se quiso quedar para que yo pudiera recibirlo en mi
interior. Para que pudiera comerlo y beberlo.
Me sorprende este Dios que se vuelve pan de vida para darme esa vida
eterna que necesito. Se hace pequeño para que no me asuste ante su inmensidad.
Viene a mí para buscarme en medio de mis días.
Dios es un misterio
Me asusta el misterio y quiero saberlo todo. Pero es imposible
porque todo está oculto. Todo es un misterio.
Me hablan de la fe, de creer en lo que no se ve. Pero a veces no
puedo. Creo más en lo que toco, en lo que abarco, en lo que se abre ante mis
ojos en su verdad más íntima.
Los misterios me desconciertan. Y creer en lo que no está a mi alcance tiene
que ser un don.
Le pido a Jesús que aumente mi fe. Que en su pan y en su
vino, en su Cuerpo y en su Sangre vea su presencia misteriosa,
su amor más
grande.
No me escandalizo. Un Dios hecho carne ante mis ojos. El respeto
ante el misterio exige de mí que me sienta pequeño.
Cuido el respeto ante lo sagrado. El
anonadamiento de Dios que se hace carne no me escandaliza, pero no deja de
asombrarme. Un Dios que se vuelve impotente.
¿Y qué hago yo ante esa humanidad que se presenta ante mí? Me
postro lleno de respeto. Me humillo para que se manifieste ante mí. Y
me siento indigno, porque nunca soy digno de su amor, de su misericordia.
La tristeza por lo que se
anhela
En esta fiesta celebro el amor humano que Dios me regala. El amor
de ese Jesús que quiso romper su vida por mí. Se hizo esclavo de mi amor.
Esperando a la puerta de mi vida la respuesta.
Ese amor tan grande se derrama ante
mis ojos y yo siento que estoy muy lejos. Por eso me postro, por eso
comulgo.
Porque necesito su fuerza, su poder, su amor, para salvar y sanar
mi vida. Comenta Sor Verónica fundadora de Iesu Comunio:
«No hay nada
más atractivo que vivir apasionadamente la propia vocación. La alegría que Dios
da a quien escucha su llamada y la sigue. No es la tristeza por lo que se tiene -a
veces muchísimo- sino por lo que se anhela, el clamor más hondo de nuestro ser.
A Cristo se le
puede tocar. Es lo más real. No sólo lo toco, me lo como. No es un Dios al que
se adora desde fuera».
Volver a apasionarse
Adoro a Jesús en mi propio corazón,
porque lo recibo, lo consumo y su presencia llena todo mi ser. Y así recobro la
pasión por la vida, por su llamada.
Mi vida cristiana es apasionante. Y no puedo dejar de sentir que
soy muy pequeño, muy frágil.
Su amor es más grande que mi capacidad de amar. La Eucaristía
aumenta en mi alma el deseo de entregar la vida.
Jesús viene a mí para que yo pueda ir a los hombres y entregar mi
amor. Así de sencillo.
A pesar de todo, feliz
Pero luego me confronto con mis límites y siento que
estoy tan lejos de ese amor que se hace carne, pan y vino para no olvidarme.
No puedo sino vivir con tristeza por
no poseer todo lo que anhelo. Y además estoy llamado a vivir feliz, agradecido por
todo lo que tengo.
¿Cómo le puedo tener miedo a ese Dios que
se presenta a la altura de mis ojos? No me exige sumisión, no me pide lo
imposible. Sólo me ama y espera que su amor despierte mi amor.
En la
Eucaristía Dios nos da su amor y el poder amarle
Jacques
Philippe, Si conocieras el don de Dios
Recibo un amor inmenso que me desborda. Un
amor que
no espera nada, sin condiciones. Un amor misericordioso que es
don, nunca un derecho. Porque el amor sólo se puede agradecer, nunca se
puede exigir.
El Amor me sana
Hoy celebro la fiesta del amor de Dios que se hace carne para
abrazarme. Y ese amor inmenso me sostiene, me levanta y me sana.
Ya sé cuál es el poder del abrazo, como escribe Elena Bautista: El abrazo es
un arma de construcción masiva».
El abrazo reconstruye lo que
está roto en mi interior. El abrazo de Jesús cada vez que comulgo.
El de aquellos que me dan el amor de Dios con sus brazos, con sus
abrazos eternos. Esos abrazos que la pandemia ha vuelto tan escasos y que
siguen siendo camino de salvación.
Dios y los demás
Leía el otro día:
«Sin
eucaristía no podemos vivir ni conceder a Dios el primer puesto en nuestra vida
y en nuestras actividades. Al silencio de la indiferencia, los sacerdotes y
fieles deben responder con el silencio de la oración. La enfermedad del
desinterés se cura con los sacramentos, la enseñanza y el testimonio de los
santos»
Cardenal Robert Sarah, La fuerza
del silencio, 66
La comunión con Cristo me vuelve
comunión con mis hermanos. En la comunión coloco a Dios en el
centro de mi vida.
Creo en el poder transformador del amor de Jesús cada vez que
comulgo, cada vez que me postro y arrodillo para admirar, alabar y agradecer su
presencia que transforma mis pasos y convierte mi vida en un testimonio de su
amor.
Así funciona. No es la eucaristía el premio de los
buenos. Sino el remedio para los enfermos que caminan
cansados y abatidos y necesitan en su cuerpo y en su alma esa
fuerza que los levante por encima de todos sus miedos.
Carlos Padilla Esteban
Fuente: Aleteia






