20 – Octubre. Miércoles de la XXIX semana del Tiempo Ordinario
| Misioneros digitales católicos MDC |
Evangelio
según san Lucas 12, 39-48
Comprended que
si supiera el dueño de casa a qué hora viene el ladrón, velaría y no le dejaría
abrir un boquete en casa. Lo mismo vosotros, estad preparados, porque a la
hora que menos penséis viene el Hijo del hombre». Pedro le dijo: «Señor,
¿dices esta parábola por nosotros o por todos?». Y el Señor dijo: «¿Quién
es el administrador fiel y prudente a quien el señor pondrá al frente de su
servidumbre para que reparta la ración de alimento a sus horas? Bienaventurado
aquel criado a quien su señor, al llegar, lo encuentre portándose así. En
verdad os digo que lo pondrá al frente de todos sus bienes. Pero si aquel
criado dijere para sus adentros: “Mi señor tarda en llegar”, y empieza a
pegarles a los criados y criadas, a comer y beber y emborracharse, vendrá
el señor de ese criado el día que no espera y a la hora que no sabe y lo
castigará con rigor, y le hará compartir la suerte de los que no son
fieles. El criado que, conociendo la voluntad de su señor, no se prepara
ni obra de acuerdo con su voluntad, recibirá muchos azotes; pero el que,
sin conocerla, ha hecho algo digno de azotes, recibirá menos. Al que mucho se
le dio, mucho se le reclamará; al que mucho se le confió, más aún se le pedirá.
Comentario
El evangelio
de hoy, en continuidad con el de ayer, recoge las otras dos parábolas
exhortando a la vigilancia. Jesús se dirige a sus discípulos enseñándoles a
cuidar al pueblo de Dios a ellos encomendado. Los invita a vivir desde la
lógica del amor, de la atención, de la ternura, de la vigilancia.
Todo cristiano
es administrador de los misterios de Dios: de la vida que nos ha dado, del amor
intratrinitario en el que vivimos -hijos de Dios Padre en el Hijo por el
Espíritu Santo-, de los talentos y capacidades con los que nos ha adornado, de
las personas que nos ha confiado. Y nadie nos puede sustituir en esa tarea.
Cuando nos
olvidamos de que todos esos bienes nos han sido confiados, cuando pensamos que
los merecemos y no nos damos cuenta de por qué los tenemos, acabamos encerrados
en nosotros mismos, llenos de nuestras soberbias, de nuestras envidias, de
nuestros rencores, de nuestros juicios críticos. Y, entonces, no solo no
cuidamos, sino que acabamos maltratando a los demás, incapaces de mirarlos con
la mirada de Cristo.
Como señala
Benedicto XVI, esta vigilancia significa “de un lado, que el hombre no se
encierre en el momento presente, abandonándose a las cosas tangibles, sino que
levante la mirada más allá de lo momentáneo y sus urgencias. De lo que se trata
es de tener la mirada puesta en Dios para recibir de Él el criterio y la
capacidad de obrar de manera justa. Por otro lado, vigilancia significa sobre
todo apertura al bien, a la verdad, a Dios, en medio de un mundo a menudo
inexplicable y acosado por el poder del mal. Significa que el hombre busque con
todas las fuerzas y con gran sobriedad hacer lo que es justo, no viviendo según
sus propios deseos, sino según la orientación de la fe”[1].
Jesús quiere
que nuestra existencia sea fecunda, que no bajemos la guardia, para recibir con
gratitud y maravillados todos los tesoros de su corazón. Quiere que estemos
vigilantes para poner al servicio de los demás nuestros talentos y capacidades,
nuestra sonrisa, nuestro perdón, nuestro trabajo diario, nuestra vida de fe,
esperanza y amor.
Cristo nos
presenta la vida como una misión: estar «al frente de la casa para dar la
ración adecuada a la hora debida». Nuestra vida es una misión. Venimos a la
tierra para algo, o más bien, para alguien: para nuestras familias, nuestras
amistades, nuestros compañeros de trabajo, nuestros vecinos. De nuestro cuidado
depende, en gran medida, la felicidad eterna de esas personas.
[1] Joseph
Ratzinger-Benedicto XVI, Jesús de Nazaret II. Desde la entrada en
Jerusalén hasta la Resurrección, p. 333-334.
Luis Cruz
Fuente: Opus
Dei





