Nuestra vida siempre se compone de intentos de regresar después de habernos distanciado
| tomertu | Shutterstock |
A veces
nos marchamos por orgullo o curiosidad. Otras veces salimos por
irresponsabilidad o por aburrimiento, como suele suceder cuando somos
adolescentes o cuando lo seguimos siendo. A veces nos alejamos porque estamos
decepcionados y desanimados.
Si nos ponemos a mirar más de cerca, nos damos cuenta de que toda
nuestra vida se compone de distancias y retornos.
Aún hoy, existen enemigos que nos
empujan a alejarnos de nuestro hogar: la injusticia, la rebeldía, la traición,
la desconfianza. Situaciones que nos hacen huir o distanciarnos de la vida.
El pueblo de Israel, así como nosotros,
experimentó el exilio, la salida. Así como ellos
huyeron, nosotros hoy huimos también y, cuando miramos atrás, nos damos cuenta
de que estamos
más lejos de lo que pensábamos.
Nunca ha dejado de buscarnos, incluso
cuando hemos distorsionado el sentido de nuestra vida.
La palabra de Dios llega, se encarna, toma forma
en la historia, en la concreción de cada vida.
La historia del pueblo de Israel fue una historia dolorosa, una
historia caracterizada por la fragmentación del poder, el destierro,
la guerra y la duda de que Dios verdaderamente estuviera
con ellos.
El mundo antes de la llegada de Cristo estaba en conflicto. Nada
parecía estar claro.
Sin embargo, incluso en ese tiempo lleno de dificultades, llega la
palabra de Dios e ilumina con su claridad al mundo.
Hoy llega también y sigue insertándose en nuestra historia.
Llega
a través de la voz de Juan el Bautista. Se
acerca a nosotros desde la paradoja: en la voz del hijo de un mudo.
Ayer como hoy Dios nos sigue demostrando que en los lugares
más inesperados se encuentra su salvación.
Juan trae la palabra donde no hay nadie: en el desierto. Quien quiera escuchar esa palabra
debe dejar
los lugares de poder, los lugares de conflicto, y debe trasladarse a
donde aparentemente no hay nada.
Ir al desierto significa ir a nuestra historia.
Israel atravesó el desierto en su viaje hacia la tierra prometida.
El desierto fue el lugar donde experimentó grandes miedos, pero
también fue el lugar donde vivió las cosas más importantes de su relación con
Dios: recibió la ley y selló la alianza con
de profunda intimidad con Él.
El desierto, para nosotros hoy, en este Adviento, es una tierra sin
cultivar; la posibilidad de un nuevo camino.
Hoy
también Juan nos invita a ir a nuestros desiertos para enderezar
nuestros caminos y darle un sentido nuevo a nuestra vida.
Nos invita a llenar los barrancos de nuestra decepciones y desánimos. Nos
llama a bajar
las montañas del orgullo que nos impiden ver al Señor.
Necesitamos allanar un poco las formas tortuosas de nuestro
corazón, la desconfianza en la que corremos el riesgo de quedar atrapados.
La voz y el Verbo (Juan
y Jesús) vienen hacia nosotros, nos hablan, depende de nosotros crear las
condiciones para que esta Palabra sea escuchada.
Regresemos, allanemos el camino, busquemos a Dios. No porque todo
vaya bien en nuestra vida, sino para permitir que, en medio de nuestra crisis,
rebeldía y confusión, el Señor nos lleve por un camino nuevo:
el de su salvación.
Luisa Restrepo
Fuente: Aleteia





