| Predicación de Cuaresma de 2021. Vatican Media |
Este viernes tuvo lugar la primera predicación de Cuaresma para la Curia vaticana,
que dirigió a sus miembros el cardenal Raniero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia desde
1980.
El Papa no estuvo presente, pues concluye esta noche los
ejercicios espirituales que ha hecho esta semana, durante la cual no tuvo
agenda.
La temática de las charlas de este año consistirá en "un reexamen del misterio eucarístico"
bajo el lema Tomad, comed: esto es mi cuerpo porque
la pandemia "nos ha hecho tomar conciencia de la necesidad que tenemos de
la Eucaristía y del vacío que crea su carencia" y se está produciendo en
la Iglesia, dice, "un renacimiento eucarístico".
La Eucaristía en la historia de la salvación
No hay un lugar específico para la Eucaristía en la historia de la salvación -comenzó
asegurando Cantalamessa-, porque "lo ocupa todo", aunque de formas
diferentes: "En el Antiguo Testamento como figura, en el Nuevo Testamento como acontecimiento y en el
tiempo de la Iglesia como sacramento".
En cuanto a estos dos últimos periodos, y siguiendo a San Agustín, distinguió entre
lo sucedido en el Calvario y lo sucedido en el altar: "La Misa renueva el
acontecimiento de la cruz celebrándolo (¡no reiterándolo!) y lo celebra renovándolo (¡no sólo
recordándolo!)". De esta forma, "gracias al sacramento de la
Eucaristía nos convertimos, misteriosamente, en contemporáneos del
acontecimiento" de la Cruz.
El capuchino anunció entonces el programa de sus predicaciones de Cuaresma: "Seguiremos
de cerca el desarrollo de la Misa en sus tres partes (liturgia de la palabra,
liturgia eucarística y comunión), añadiendo al final una reflexión sobre el
culto eucarístico fuera de la Misa".
Presencialidad de la Liturgia
de la Palabra
Esta primera predicación se centró sobre la Liturgia de la
Palabra. "Escuchadas en la liturgia", dijo Cantalamessa, "las
lecturas bíblicas adquieren un
significado nuevo y más fuerte": "No se pretende tanto conocer
mejor la Biblia, como cuando se lee en casa o en una escuela bíblica, cuanto reconocer al que se hace presente
en la fracción del pan, iluminar cada vez un aspecto particular del
misterio que se está a punto de recibir".
De ahí que al hecho de escuchar las Escrituras durante la misa
estén ligadas conversiones decisivas en la historia de la Iglesia. Citó los
ejemplos de San Antonio
Abad, quien se retiró al desierto y fundó el monacato, y San Francisco de Asís, quien
lo vendió todo para dar origen a la orden mendicante a la que pertenece
Cantalamessa.
Además, "en la Misa las palabras y los episodios de la Biblia
no sólo son narrados, sino revividos; la memoria se convierte en realidad y
presencia". Así, desgranó, en la Misa estamos ante la zarza ardiente de Moisés, ante el carbón
encendido de Isaías,
ante los oráculos de Ezequiel...
O aún más: ante la hemorroísa, Zaqueo, el paralítico o Simeón, que tocaron a Jesucristo como lo hacemos nosotros en
la Comunión.
Cómo preparar una buena
homilía
El predicador pontificio señaló que "la Liturgia de la
Palabra es el mejor recurso que tenemos para hacer de cada vez, de la Misa, una celebración nueva y
atractiva, evitando así el gran peligro de una repetición monótona que
especialmente los jóvenes encuentran aburrida". Para ello "debemos invertir más tiempo y oración en
la preparación de la homilía".
Hay dos
maneras de prepararla. Una es elegir el tema, confeccionarla y
luego "ponerse de rodillas y pedir a Dios que infunda el Espíritu en las
propias palabras". Esto es algo "bueno", pero "no es una forma profética".
La segunda forma, "para ser proféticos", es el camino inverso: "Primero
ponernos de rodillas y preguntarle a Dios cuál es la palabra que quiere hacer
resonar para su pueblo", y luego prepararla, porque la semilla recibida en
oración "contiene lo que la gente necesita escuchar en ese momento".
La unción del Espíritu Santo
El Espíritu Santo está muy presente en la Liturgia de la Palabra,
recordó Cantalamessa en la última parte de su meditación, pues "continúa
la acción del Resucitado", a quien vemos en los Evangelios abrir las
mentes de sus discípulos. Del mismo modo, "en la Liturgia de la Palabra,
la acción del Espíritu Santo se ejerce a través de la unción espiritual presente en el que
habla y en el oyente".
Esa unción "dada por la presencia del Espíritu" ya la
poseemos los cristianos gracias a los sacramentos del bautismo y de la confirmación, que imprimen en el alma "un carácter
indeleble, como una marca o sello". La acción del Espíritu no depende de
nosotros, pero sí depende de nosotros eliminar los obstáculos que impiden
la irradiación" para ponernos "en un estado de entrega a Dios y de resistencia al mundo".
Además del "esfuerzo ascético" preparatorio, necesitamos
pues "la fe, la oración,
la humilde imploración" de la unción del Espíritu Santo que nos
inspirara para comprender las Escrituras leídas y escuchadas.
Fuente: ReL





