Hay injusticias y pecados, fracasos y dolores pero la última palabra la tiene la misericordia de Dios
![]() |
| Stas Tolstnev | Shutterstock |
Jesús
se hace carne. Toma mi cuerpo, mi vida, mis dolores y límites. Dios se vuelve
impotente como yo asumiendo mi humanidad. Lo hace por amor.
Se pone a la altura de mis ojos, a la altura de mi cruz. Y yo me
siento desconcertado.
He querido poner a Dios muy lejos, muy
distante. Para justificarme. Nadie puede alcanzar las alturas. Nadie es
todopoderoso. Nadie puede no pecar. Nadie puede salvarse.
Pero Dios ha visto mi indigencia y ha querido vivir mi misma vida,
mis mismos sueños, mis mismos fracasos.
Alguien que me ama como soy
En mi humanidad Jesús ha llevado la
vida al más extremo de los fracasos. Olvidado, odiado, perseguido.
Han deseado su mal cuando Él sólo deseó el bien de todos. El
límite humano no fue un obstáculo para Él.
Podía hacerlo todo bien porque me amaba en mi pobreza. Yo necesito que
alguien me ame como soy, en el peor momento de mi vida, cuando
no merezco el amor, cuando tal vez merezco el rechazo y ser abandonado.
En esos momentos es cuando más necesito que me apoyen, me sonrían,
me abracen y, sobre todo, me ayuden a levantarme del barro y a creer en mí
mismo.
Así puedo salir de donde me encuentro. Puedo cambiar
y ser mejor si alguien cree en mí.
Ese es Jesús que me mira a los ojos y me dice que mi vida es
preciosa. Lo hace desde su carne limitada como la mía en
todo menos en el pecado.
Un Dios desconcertante
Yo miro a Jesús en su carne, en su humanidad y no acabo de creer.
Porque ese
Dios impotente y limitado me rompe, me desconcierta, me irrita,
me frustra.
Busco a un Dios todopoderoso, no a un Dios hecho hombre como yo.
Pero hoy quiere Jesús que me revista de su humanidad para poder ser salvado:
«Los que os habéis incorporado
a Cristo por el bautismo os habéis revestido de Cristo. Ya no hay distinción
entre judíos y gentiles, esclavos y libres, hombres y mujeres, porque todos sois uno
en Cristo Jesús. Y, si sois de Cristo, sois descendencia de
Abrahán y herederos de la promesa».
En la carne de Cristo la paz
Me he vuelto uno con Cristo. Soy de su misma carne y sangre. He sido
revestido de Cristo, de su poder y su impotencia, de su humanidad y divinidad.
Ya no hay distinciones porque en su carne todos somos iguales.
Me da paz ese Jesús humano que mira con mis ojos, habla con mi voz, abraza con
mis manos.
Él me lo recuerda:
«Esto es mi cuerpo, que se
entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía. Lo mismo hizo con el cáliz,
después de cenar, diciendo: – Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi
sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía. Por eso, cada vez
que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor,
hasta que vuelva».
Eucaristía
Se ha quedado por amor. Y yo cada día
me dejo hacer por Dios para que su Cuerpo y su Sangre se hagan presentes sobre
el altar.
No dudo. Tengo fe en el poder del Espíritu Santo que hace siempre
el mismo milagro. Para que no dude, no desconfíe y crea que Jesús sigue
viviendo en mi carne para recordarme que soy ciudadano del cielo.
Pero al mismo tiempo no puedo huir de la tierra. Pertenezco al
mundo que tiene que ser redimido.
Nada de lo humano le es ajeno a Dios. No me salvo solo, no llego
al cielo solo
con mi espíritu, con mi alma. Llegaré con mi cuerpo glorioso como el de
Jesús.
Su presencia física sobre el altar acerca el cielo, acerca la
misericordia. Hace presente al amor que es capaz de sufrir y vivir el
sacrificio por mí, para que no huya, para que no me aleje.
Presencia que da fuerzas
Jesús se derrama sobre mí para que tenga fuerzas.
Por eso el viático me ayuda a caminar. Esa presencia real de Jesús me da
fuerzas para no desfallecer.
No puedo dudar de su amor cuando renunció a todo, incluso a su
propia vida, para que yo viva para siempre.
Se sometió al poder de la muerte para acabar venciéndola y así
hacerme ver que el dolor de la muerte no tiene la última palabra en mi vida.
Destino: la vida eterna
Después de la muerte brota la vida. Después del fracaso viene la
victoria final, la definitiva. Recobro la confianza al tocar a
Jesús, al recibirlo en ese alimento que me salva.
En ese momento dejo de tener miedo. No estoy hecho para la
muerte. Todo tiene un final, pero el final último y
verdadero es la eternidad.
Hay injusticias y pecados, fracasos y dolores pero la última
palabra la tiene la misericordia de Dios.
Hay muchas batallas, muchas guerras y en todas ellas vence el
amor de Dios y reina su paz.
El amor nos busca y nos rescata
Jesús vino a hacerse uno de nosotros para que nosotros deseemos
con más fuerza tocar el cielo, volar a las alturas.
La humanidad de Jesús es un misterio. Su pobreza
engrandece mi vida y me hace anhelar una vida más plena.
Me arrodillo ante ese misterio que repiten mis manos sin que yo le
dé su valor. Quiero seguir sorprendiéndome de ese amor infinito
que abraza lo finito.
De ese amor humano que tiene raíz divina. De esa presencia en
el tiempo que supera todo tiempo y todo espacio.
Jesús sostiene mis pasos
Quiero tocar a Jesús en su carne para
abismarme en el cielo. Es el camino más seguro, la puerta
más escondida.
No dudo de su amor y eso me da fuerzas para seguir amando. Si supiera
amar yo como Jesús ama…
Si lograra renunciar a mí mismo venciendo el orgullo para
entregarme por aquellos a los que amo. Si supiera dejar que su amor venza en mí
y se imponga sobre todos mis odios…
Así es ese Jesús escondido que viene a decirme que no tenga miedo. Que con su
fuerza me va a animar siempre y va a sostener mis pasos.
Carlos Padilla Esteban
Fuente: Aleteia






