El gran pensador y doctor de la Iglesia dejó en el año 400 un manual precioso para cristianos en tiempos de redes sociales
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| San Agustín |
En tiempos de redes sociales,
está de moda buscar influencers de auto superación, los famosos «gurús», que
ayuden a superar la soledad o la angustia que caracteriza la vida de tantas
personas.
En este contexto, cobra una
sorprendente actualidad La Regla de
san Agustín de Hipona (354-430), un manual de vida no solo para los monjes y
monjas, sino para toda persona que quiera acercarse a Dios.
La Regla,
escrita en el año 391 ó 400, según los historiadores, recoge las normas que
Agustín redactó para organizar la vida de la comunidad que fundó en el
monasterio de Tagaste, norte de África.
Como ha explicado Nello Cipriani OSA, uno de los mayores expertos en el
pensamiento de san Agustín, «La Regla» «no debe verse solo como una serie de
disposiciones para quienes han elegido la vida religiosa o consagrada, es
también una ayuda para quien aspira a orientar su vida en y hacia Dios».
El ideal de
«La Regla» de Agustín es la primera comunidad cristiana de Jerusalén, tal como
la describen los Hechos de los Apóstoles 4, 32: «La multitud de los creyentes
no tenía sino un solo corazón y una sola alma. Nadie llamaba suyos a sus
bienes, sino que todo era común entre ellos».
Agustín intentaba revivir este
ideal de importancia capital para su tiempo. Y ese mensaje, en tiempos de la polarización
e individualismo que caracterizan a TikTok, Twitter o Instagram, cobra una
nueva actualidad.
Existen varias versiones de «La
Regla». Los estudios más recientes concuerdan en atribuir a san Agustín «La Regla a
los Siervos de Dios», que es la que proponemos aquí.
El amor a Dios nos hace hermanos
La Regla comienza en su número 1
recordando los dos principios fundamentales de Jesús en el Evangelio:
«Ante todas las cosas, amemos a Dios y después al prójimo, porque estos son los
principales mandamientos que se nos han dado».
El Capítulo Primero presenta el
ideal que debería vivir en todo momento la comunidad cristiana: la
caridad fraterna. «Miren cómo se aman», decían los paganos romanos al ver el
ejemplo de los cristianos perseguidos de la Iglesia primitiva.
Ese Capítulo concluye con esta
exhortación: «Vivan, pues todos en unión de alma y corazón, y honren los unos
en los otros a Dios, de quien han sido hechos templos» (n. 9).
Oración
El Capítulo Segundo está dedicado
a la oración y ofrece dos consejos preciosos para toda persona que quiera
cultivar su relación con Dios.
Ante todo, aconseja fijar
horarios de oración y cumplirlos: «Sean asiduos a las oraciones (cf.
Colosenses 4,2; Romanos 12,12) en las horas y tiempos establecidos» (n.
10)
En segundo lugar, pide
interiorizar los cantos y plegarias: «Cuando oren a Dios con salmos e himnos,
sientan en su corazón lo que profieren con la voz» (n. 12)
Austeridad
Laico o religioso, el cristiano
está llamado a vivir desapegado de toda codicia, pues como exhorta Jesús «aun
en la abundancia, la vida de uno no está asegurada por sus bienes» (Lucas 12,
15).
«Júzguense más ricos quienes son
más fuertes en soportar la austeridad, porque es mejor necesitar menos que
tener más», afirma el número 18 de «La Regla» que aparece en el Capítulo
Tercero.
Y acto seguido, añade: «No sea
llamativo su porte, ni procuren agradar con el modo de vestir, sino con la
manera de comportarse» (n. 19).
Castidad
La castidad no es una virtud solo
para consagrados a Dios, monjas o monjes, también es una actitud fundamental
para la persona que ha prometido amor total y para siempre a su cónyuge.
«Al andar, al estar parados y en
todos sus movimientos, no hagan nada que escandalice a la mirada de otra
persona, sino lo que se ajusta a su santidad», exhorta el número 21.
A todos san Agustín aconseja en
el Capítulo Cuarto de «La Regla», dedicado a la castidad: «No digan que es puro
su interior si tienen ojos impuros, puesto que el ojo impuro es mensajero de un
corazón impuro» (n. 22).
De los bienes materiales
En ocasiones, los bienes
materiales o incluso la misma ropa se convierte en motivo de
«murmuraciones», envidia o disputas entre hermanos.
San Agustín invita en el Capítulo
Quinto a quien siente estos celos a descubrir cuánto le falta para revestirse
«de aquel santo vestido interior del corazón» que Dios quiere para él.
Perdón
El Capítulo Sexto se dedica al
perdón, fundamental para toda comunidad cristiana.
El número 41 indica: «No
mantengan disputas o termínenlas cuanto antes para evitar que la ira desemboque
en odio, convierta en viga una paja y haga homicida al alma. Pues así leen: ‘El
que odia a su hermano es un homicida’ (1 Juan 3,15)».
A continuación, san Agustín pide:
«Cualquiera que haya dañado la fama de otro con un insulto, o hablando mal de
él, o incluso achacándole alguna falta grave, no olvide remediar cuanto antes,
con un desagravio, lo que hizo, y el que se sintió dañado perdónele sin más
consideraciones» (n. 42).
La autoridad
El Capítulo Séptimo está dedicado
a la autoridad, que en clave cristiana significa servicio.
«El que les preside no ponga su
felicidad en dominar desde el poder, sino en servir desde la caridad (cf. Lucas
22,25-26; Gálatas 5,13)», escribe en el número 46.
El superior, según «La Regla»,
debe desear «más ser amado» «que temido, pensando siempre que ha de dar cuenta
a Dios» de las personas a su cuidado (Cf. n. 46).
Por amor
El último capítulo, el Octavo,
está dedicado al espíritu con que se debe vivir esta Regla: su cumplimiento es
un acto de amor a Dios.
«Que el Señor les conceda
observar todo esto movidos por la caridad, como enamorados de la belleza
espiritual, e inflamados por el buen olor de Cristo, que emana de su buen
trato; no como siervos bajo la ley, sino como personas libres bajo la gracia»,
afirma en el número 48.
Este manual de vida permite
entender mejor esas frases de san Agustín que aparecen en sus escritos, tan
citadas hoy en Twitter: «La verdadera libertad no consiste en hacer lo que me
da la gana, sino en hacer lo que tenemos que hacer porque nos da la gana».
Nada de todo esto tendría sentido
sin esta convicción: «Nos hiciste Señor para ti, y nuestro corazón está
inquieto hasta que descanse en ti» (Confesiones 1, 1).
Por Mercedes Latorre
Fuente: ACI Prensa






