La santa mística y contemplativa no recomendaba a sus hijas espirituales centrarse en ayunos masoquistas o renuncias. Más bien les proponía centrarse en lo esencial: Jesús. De este modo, todo cambia en Cuaresma…
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| Peter Paul Rubens, El éxtasis de Santa Teresa de Ávila, Rotterdam, Museo Boijmans Van Beuningen. Dominio público |
Estamos
a punto de adentrarnos en la Cuaresma, cuarenta días de preparación para el
triduo pascual (Jueves Santo, Viernes Santo y Sábado de Gloria). ¿Tiempo de
renuncias? ¿Tiempo de tristeza? Es posible que malentendidos o prejuicios no
nos permitan vivir de manera cristiana este período litúrgico tan intenso.
Santa Teresa
de Ávila, una de las contemplativas más grandes de la historia, con
su vida y escritos, ha dejado consejos para vivir la Cuaresma de manera
significativa. Déjate sorprender.
Ni el objetivo ni el espíritu de la Cuaresma cristiana son
masoquistas: no se trata de hacer sacrificios por hacer sacrificios. Si algo
dejó claro santa Teresa de Ávila, es que el amor de Jesús, y, en particular, su
pasión, muerte y resurrección, dan sentido a nuestra vida.
Santa Teresa se convirtió en edad ya adulta, a sus 39 años: en
1554, cuando llevaba viviendo casi veinte de religiosa carmelita en el
monasterio de la Encarnación. Ella misma recuerda que vivía una vida doble: por
momentos, vida de oración; pero muchos momentos más, vida anodina y pérdida de
tiempo con amistades sin sentido religioso. «Como las muchas», dice ella. A
pesar de los sacrificios y renuncias propios de la vida religiosa.
Narra su conversión en su autobiográfico Libro de la
Vida (capítulo 9), escrito diez u once años después. Fue un
momento de encuentro personal con Cristo. Encuentro desencadenado por la
presencia de una imagen emotiva del «Ecce Homo». Aquella escultura tocó lo más
profundo de su ser: de repente, comprendió tangiblemente el amor de Jesús por
ella hasta el punto de sufrir los tormentos.
«Fue tanto lo que sentí de lo mal que había agradecido aquellas
llagas, que el corazón me parece se me partía», escribe la mística. Ese es el
sentido de la Cuaresma: preparar el alma y la vida para experimentar el amor de
Cristo en su pasión, muerte y resurrección.
La oración, tan importante en Cuaresma, consiste, por tanto, en
algo muy sencillo: estar «muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos
ama», como escribe la santa en su Libro de la Vida (capítulo
8, 5).
Con los ojos puestos en el amor de Cristo, santa Teresa invita a
continuación a comprender la propia realidad. En esto consiste la verdadera
humildad a la que invita la Cuaresma, que el cristiano necesita para cultivar
poder vivir la experiencia del amor de Jesús.
Teresa escribe: «Pongamos los ojos en Cristo, nuestro bien, y allí
aprenderemos la verdadera humildad» (I Moradas 2, 10-11). El mismo Señor nos
dice; «Aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón», (Mateo
11,29)
Santa Teresa de Jesús se planteó en una ocasión «por qué razón era
nuestro Señor tan amigo de esta virtud de la humildad» y esta fue la respuesta
que encontró: «Dios es suma Verdad, y la humildad es andar en verdad» (Sextas
Moradas 10,7).
Del amor de Cristo surge una de las actitudes más típicas de la
Cuaresma: el «desasimiento», es decir, el estado del alma que queda libre de
todo afecto desordenado y egoísta hacia cualquier cosa o persona, que nos sea
Dios.
El desasimiento explica las prácticas cuaresmales, como son la
abnegación, renuncia, despojamiento, desapego, desapropiación, etc. No
significa supresión de todo deseo y aspiración, ni tampoco quiere decir
fabricarse un corazón duro e insensible, ya que el amor es el primero y mayor
de los deberes. El amor da sentido y matriz al desapego.
Santa Teresa de Jesús escribe: «Ahora vengamos al desasimiento que
hemos de tener, porque en esto está el todo, si va con perfección». El secreto
del cristianismo, está en abrazar toda la vida por amor a Cristo, y «desasirse»
o desprenderse de todo lo que nos puede alejar de Él (Camino de
Perfección, capítulo 8).
Por último, prepararse en Cuaresma para vivir el misterio de la
pasión, muerte y resurrección de Jesús significa vivir la caridad, amar
concretamente al prójimo. Teresa escribe en el libro «Las Moradas»:
«Entendamos, hijas mías, que la perfección verdadera es amor de Dios y del
prójimo, y mientras con más perfección guardáremos estos dos mandamientos,
seremos más perfectas» (Moradas
Primeras 2,17).
Según santa Teresa, no se puede amar a Dios sin amar al prójimo y
no se puede amar al prójimo sin amar a Dios.
Matilde
Latorre
Fuente:
Aleteia






