En su discurso, el Papa Francisco definió la ciudad de Marsella como “la sonrisa del Mediterráneo” y reflexionó cerca de 3 realidades que caracterizan a la ciudad: el mar, el puerto y el faro
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| El Papa Francisco en los Encuentros del Mediterráneo Crédito: Daniel Ibáñez/ACI Prensa |
Este sábado 23 de septiembre, el
Papa Francisco participó en la clausura de la tercera edición de los Encuentros
del Mediterráneo, donde invitó a reflexionar acerca del sufrimiento de los
inmigrantes que pierden la vida en el mar y aseguró que quien “arriesga su vida
en el mar no invade, busca acogida, busca vida”.
La razón principal de la visita
del Papa a Marsella ha sido este encuentro, que tiene como objetivo “analizar
los retos de la región mediterránea”, entre los que se encuentran la pobreza
extrema, la diversidad religiosa, cuestiones medioambientales o la situación de
los inmigrantes.
A su llegada al Palais du
Pharo, donde tuvo lugar este evento, el Santo Padre fue recibido por el
presidente de Francia, Emmanuel Macron.
Tras el saludo de bienvenida del
Cardenal Jean-Marc Aveline, Arzobispo de Marsella, se emitió un vídeo donde se
pudieron ver diferentes imágenes del pueblo de Marsella con las palabras del
Pontífice de fondo. Posteriormente, una joven que ayuda a los migrantes
compartió su testimonio y también un Obispo de Tirana (Albania) habló de su
infancia bajo el comunismo.
En su discurso, el Papa Francisco
definió la ciudad de Marsella como “la sonrisa del Mediterráneo” y reflexionó
cerca de 3 realidades que caracterizan a la ciudad: el mar, el puerto y el
faro.
El mar
El cuanto al mar, el Santo Padre
destacó que “una multitud de pueblos ha hecho de esta ciudad un mosaico de
esperanza, con su gran tradición multiétnica y multicultural,
representada por más de 60 consulados presentes en su territorio”.
Subrayó que “el mare
nostrum es un espacio de encuentro: entre las religiones
abrahámicas; entre el pensamiento griego, latino y árabe; entre la ciencia, la
filosofía y el derecho, y entre muchas otras realidades”.
El Santo Padre renovó su
invitación “a ensanchar las fronteras del corazón, superando las barreras
étnicas y culturales” y remarcó que en el Mediterráneo “se concentran los
desafíos del mundo entero”.
Para el Papa Francisco, este
lugar “es un frente de retos que atañe a todos: pensemos en el desafío
climático, en el que el Mediterráneo representa un hotspot donde
los cambios se dejan sentir con mayor rapidez”.
“Este mar, entorno que ofrece un
enfoque único de la complejidad, es un espejo del mundo”y lleva en sí
mismo una vocación global a la fraternidad, único camino para prevenir y
superar los conflictos”, señaló.
El Papa Francisco aseguró que este encuentro debe ayudar a reconocer el valor de la contribución del Mediterráneo y que éste vuelva a ser “un laboratorio de paz”.
“El Mediterráneo no expresa un
pensamiento uniforme e ideológico, sino un pensamiento polifacético y
adherido a la realidad; un pensamiento vital, abierto y conciliador: un
pensamiento comunitario”, subrayó.
Asimismo, recordó que “con las
armas se hace la guerra, no la paz, y con la ambición de poder se vuelve
al pasado, no se construye el futuro”.
Reiteró que los inmigrantes del
Mediterráneo “son rostros” y no “números” e instó a “tratarlos como hermanos
cuyas historias debemos conocer y no como problemas fastidiosos; radica
en acogerlos, no en esconderlos; en integrarlos, no en desalojarlos; en
darles dignidad”.
“Hoy el mar de la convivencia
humana está contaminado por la precariedad, que hiere incluso a la
espléndida Marsella. Y donde hay precariedad hay criminalidad: donde hay
pobreza material, educativa, laboral, cultural y religiosa, se allana el
terreno de las mafias y de los tráficos ilegales”.
Según el Papa Francisco, “el
compromiso de las instituciones no es suficiente, se necesita una sacudida
de conciencia para decir ‘no’ a la ilegalidad y ‘sí’ a la solidaridad,
que no es una gota en el océano, sino el elemento indispensable para purificar
sus aguas”.
Más tarde, el Pontífice hizo las
siguientes preguntas: “¿Quién se hace cercano hoy en día de los jóvenes
abandonados a su suerte, presa fácil de la delincuencia y la
prostitución? ¿Quién está cerca de las personas esclavizadas por un trabajo que
debería hacerlas más libres? ¿Quién se ocupa de las familias asustadas,
temerosas del futuro y de traer nuevas criaturas al mundo? ¿Quién escucha
los gemidos de los ancianos solos que, en lugar de ser valorados, son
aparcados, con la perspectiva falsamente digna de una muerte dulce, pero que en
realidad es más salada que las aguas del mar?”.
“¿Quién piensa en los niños no
nacidos, rechazados en nombre de un falso derecho al progreso, que es en cambio
un retroceso en las necesidades del individuo? ¿Quién mira con compasión,
más allá de sus propios intereses, para escuchar los gritos de dolor que se
elevan desde África del Norte y Oriente Próximo?”, preguntó el
Papa.
A continuación, pidió un
compromiso real “para que los que forman parte de la sociedad puedan
convertirse en ciudadanos de pleno derecho”.
Asimismo, afirmó que “hay un
grito de dolor que es el que más retumba de todos, y que está convirtiendo
el mare nostrum en mare mortuum, el Mediterráneo de
cuna de la civilización en tumba de la dignidad. Es el grito
sofocado de los hermanos y hermanas migrantes”.
El puerto
El Papa Francisco lamentó que
“dos palabras han resonado, alimentando los temores de la gente: invasión y
emergencia”. Defendió que quien “arriesga su vida en el mar no invade, busca
acogida, busca vida”.
“En cuanto a la emergencia, el
fenómeno migratorio no es tanto una urgencia momentánea, siempre oportuna
para agitar la propaganda alarmista, sino una realidad de nuestro tiempo,
un proceso que involucra a tres continentes en torno al Mediterráneo y que debe
ser gobernado con sabia clarividencia: con una responsabilidad europea capaz
de afrontar las dificultades objetivas”.
Aseguró, además, que “la Iglesia
sufre ante esta crisis de angustia, y llama a todos, para que respondan
con amor al llamamiento de sus hermanos”.
Remarcó que “las dificultades para acoger, proteger, promover e integrar a las personas no deseadas están a la vista de todos, pero el criterio principal no puede ser la conservación del propio bienestar, sino la salvaguardia de la dignidad humana”.
Aseguró asimismo que el
inmigrante debe ser “acogido, acompañado, promovido e integrado” y aseguró que
“la asimilación que no tiene en cuenta las diferencias y permanece
rígida en sus propios paradigmas, deja, en cambio, que la idea prevalezca
sobre la realidad y compromete el futuro, aumentando las distancias y
provocando la formación de guetos, que provoca hostilidad e
intolerancia”.
“Necesitamos la fraternidad como
el pan”, puntualizó el Santo Padre, al mismo tiempo que afirmó que “el puerto
de Marsella es también una ‘puerta de la fe’”.
En esta línea, hizo un llamado a
la caridad y aseguró que los cristianos estamos “llamados a dar testimonio”.
“Que sea un puerto de consuelo, donde la gente se sienta animada a
navegar por la vida con la fuerza incomparable de la alegría de Cristo”, pidió
el Pontífice.
El faro
En tercer lugar, el Papa
Francisco reflexionó sobre la imagen del “faro”. Consideró la posibilidad de
crear una “Conferencia de Obispos Mediterráneos”, que permita “más
posibilidades de intercambio y que dé mayor representatividad eclesial a
la región”.
“Pensando también en la
cuestión portuaria y migratoria, podría ser fructífero trabajar por una
pastoral específica aún más coordinada, de manera que las diócesis más
expuestas puedan asegurar una mejor asistencia espiritual y humana a las
hermanas y hermanos que llegan necesitados”, aclaró más tarde.
A continuación, se dirigió a los
jóvenes, “la luz que señala el rumbo futuro” y pidió “que las universidades
mediterráneas sean laboratorios de sueños y astilleros del futuro, donde los
jóvenes maduren encontrándose, conociéndose y descubriendo culturas y
contextos cercanos y diferentes al mismo tiempo”.
Aseguró que “mezclarse” desde
niños con los demás, “se pueden superar muchas barreras y prejuicios,
desarrollando la propia identidad en un contexto de enriquecimiento
mutuo”.
Afirmó, además, que “el desafío
es también el de una teología mediterránea, que desarrolle un pensamiento
adherido a la realidad, “casa” de lo humano y no sólo del dato técnico,
capaz de unir a las generaciones vinculando memoria con futuro, y de
promover con originalidad el camino ecuménico entre cristianos, así como
el diálogo entre creyentes de distintas religiones”.
“Y también es necesario
reflexionar sobre el misterio de Dios, que nadie puede pretender poseer ni
dominar, y que, de hecho, debe sustraerse a todo uso violento e
instrumental, conscientes de que la confesión de su grandeza presupone en
nosotros la humildad del que busca”.
A modo de conclusión, pidió a los presentes ser “un mar de bien, para hacer frente a la pobreza de hoy con una sinergia solidaria; sean un puerto acogedor, para abrazar a los que buscan un futuro mejor; sean un faro de paz, para quebrantar, mediante la cultura del encuentro, los oscuros abismos de la violencia y de la guerra”.
Por Almudena Martínez-Bordiú
Fuente: ACI Prensa






