Acabo
de sentarme a escribir. ¿Lo primero? Ofrecerlo a Dios
No tengo casi nada que ofrecer, por eso se me ocurre ofrecerle estas pobres
palabras. Y le digo: “Convierte mi trabajo en oración”.
De
esta forma, aunque por momentos olvide su presencia en mi vida, cada cosa que
haga, Él en su infinita bondad la convertirá en oración.
Tengo
frente a mí una cruz. La veo de reojos a ratos, mientras tecleo estas
palabras. Me recuerda su amor por mí y por ti.






