Te presento unos puntos sobre por qué la oración hecha con corazón siempre es constructiva, aunque no se sienta
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| Dominio público |
Seguramente has experimentado
alguna vez una sequedad inmensa en tu oración; sin «signos» palpables de su
eficacia. No importa qué tipo de oración intentes, habrá momentos en el que se
deja de «sentir» la oración. ¡Pero esto no significa que la oración no tenga
efectos en tu corazón, en tu persona o en tu fe!
A continuación te presento unos
puntos sobre por qué la oración hecha con corazón siempre es constructiva,
aunque no se sienta.
Pero, antes de estos puntos, me
gustaría recordar la definición de oración que da el catecismo
en el número 2559:
«La oración es la elevación del
alma a Dios o la petición a Dios de bienes convenientes». ¿Desde dónde hablamos
cuando oramos? ¿Desde la altura de nuestro orgullo y de nuestra propia
voluntad, o desde «lo más profundo» (Sal 130,1) de un corazón humilde y contrito?
El que se humilla es ensalzado. La humildad es la base de la oración. «Nosotros
no sabemos pedir como conviene» (Rm 8,26). La humildad es una disposición
necesaria para recibir gratuitamente el don de la oración: el hombre es un
mendigo de Dios.






