Desde los comienzos del cristianismo, la Iglesia ha reconocido que, entre sus hijos, «Dios elige siempre a algunos que, siguiendo más de cerca el ejemplo de Cristo, dan testimonio preclaro del reino de los cielos con el derramamiento de su sangre o con el ejercicio heroico de sus virtudes» (Constitución apostólica Divinus perfectionis magister).
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| Dominio público |
Tras una exhaustiva búsqueda, y siguiendo también esa intuición que
tiene el pueblo fiel, la Santa Sede «propone hombres y mujeres que sobresalen
por el fulgor de la caridad y de otras virtudes evangélicas para que sean venerados e
invocados» (Constitución apostólica Divinus perfectionis magister).
Si bien, al principio, los únicos
considerados santos eran principalmente la Virgen María, los apóstoles y los
mártires; con el paso de los siglos se ha visto que la santidad se puede vivir
desde muy diferentes estados de vida. Por eso, no es raro encontrarse en el
santoral desde papas hasta neófitos, y desde emperadores y reyes hasta mendigos.






