Un ejercicio espiritual para crecer a través del conocimiento de uno mismo y de los propios pecados y sobre todo de la misericordia de Dios
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| By Leszek Glasner|Shutterstock |
«La
lucha que ha mantenido Jesús contra el mal no es una cosa antigua, es algo muy
moderno que se produce cada día en nuestro corazón”. El examen de conciencia
acompaña al cristiano en esta lucha ayudándolo “a hacer sitio al Espíritu Santo”.
Lo dijo el papa Francisco el 26 de Octubre de 2017 en la Casa de
Santa Marta del Vaticano. E invitó a hacer examen de conciencia no sólo una vez
al año antes de ir a confesarnos, sino una vez al día antes de acostarnos.
“La vida cristiana es una lucha”, dijo.
Un buen examen de conciencia se
dirige al futuro
En Veritatis
splendor, san Juan Pablo II señala que no se trata de un diálogo
íntimo con uni mismo sino “del diálogo del hombre con Dios, autor de la Ley,
modelo primero y fin último del hombre”.
Hacer el propio examen de conciencia es, pues, comenzar por
ponerse en presencia de Dios y después buscar los propios pecados para pedirLe
perdón.
Y entonces adoptar la resolución de no volverlos a cometer.
No se trata de lamentarse de nuestro pobre desarrollo espiritual: un buen
examen de conciencia se enfoca en el futuro y se guía por la voluntad de un
cada vez mayor acercamiento a Cristo.
“El
objetivo no es hundir el pecador en su pecado, sino ayudarlo a elevarse. Sin
embargo, para elevarse y revigorizarse, primero hay
que tomar conciencia de la mediocridad de su propia alma. San Ignacio insiste en el hecho de que
descubrir el horror de su propio pecado debe ser dirigido hacia el deseo de una
mayor santidad”, recuerda el padre Jean-François Thomas, jesuita.
Examen de conciencia diario
La práctica del examen de conciencia se remonta a los primeros
tiempos de la Iglesia. Desde el siglo II, los Padres del desierto, se
comprometen con ella a fin de luchar contra las
malas tendencias que afectan a sus almas y progresar, así, en el plano
moral y espiritual.
Pero es san Ignacio de Loyola quien, en el siglo XVI, la desarrollará
y la racionalizará en sus Ejercicios espirituales,
distinguiendo dos tipos: el examen particular y el examen general.
El
examen particular, diario, tiene como objetivo el desarrollo de las virtudes
cristianas.
“Servirá
para señalar nuestros pecados, pero también los defectos que nos impiden
progresar, que no son pecados por comisión pero pueden conducir al pecado. No se
trata de abarcar todas nuestras infidelidades sino de combatirlas una tras
otra. Es
un trabajo exigente a largo plazo” indica
el padre Thomas.
Y varias veces al día
San Ignacio aconseja identificar “cada mañana al
levantarnos” el pecado que queremos corregir, después dos veces en el día (tras
el almuerzo y tras la cena) proceder a su examen de conciencia anotándolos en
una hoja, cada vez en una línea diferente, el número de veces que hemos caído.
El gráfico servirá para evidenciar nuestras progresivas victorias.
“Un
libro o un esquema de lectura de nuestras faltas no son necesarios para este
tipo de examen -avisa el padre Thomas- basta con mirarse a sí mismo,
honestamente. Conocemos nuestras tendencias mayores que nos conducen al pecado”.
Es lo que subraya Juan Pablo II en Veritatis splendor: En el fondo
de su conciencia, el hombre descubre la presencia de una ley que no se ha dado
él mismo, pero a la que está obligado a obedecer.
Esta voz, que no ceja de empujarlo a amar y cumplir el bien y a
evitar el mal, resuena en el momento oportuno en la intimidad de su corazón:
Haz esto, evita aquello.
El examen está, por otro lado, destinado a la preparación
para la confesión. Es aquel al que estamos más habituados
y que a veces hacemos in extremis en la cola de espera ante el
confesionario.
“Es mejor que nada, pero es un poco tarde -estima el padre Thomas-
ya que lo que aparece en el último momento son los pecados mortales, que pueden
haber sido cometidos una sola vez, mientras que se quedarán en la sombra los
pecados más pequeños que, a causa de su repetición y de la indiferencia con la
que los rodeamos, continúan su trabajo de zapa en el fondo de nuestra alma”.
La Guía
del examen de conciencia publicada por la Sagrada
Penitenciaria apostólica subraya:
“Una buena confesión es siempre la consecuencia de un examen de conciencia anterior, sincero y profundo, que solamente puede empujar al creyente a experimentar el dolor por los pecados cometidos y desear ser liberado lo más rápido posible del reencuentro con la misericordia divina en el sacramento”.
5 etapas
¿Cómo proceder concretamente? Una vez más san Ignacio nos lo
explica en cinco etapas:
- Dar
gracias a Dios por sus bendiciones.
- Pedirle
la luz de la gracia para identificar sus propios pecados y rechazarlos
- Revisar
todo aquello que en nuestros pensamientos, nuestras palabras, nuestras
acciones ha podido haber en oposición a los mandamientos divinos
- Pedir
perdón por las propias faltas
- Después formular el propósito de enmienda
Los escollos a evitar
En lo que concierne más concretamente al examen de sus pecados,
los esquemas de lectura serán de gran ayuda: el Decálogo,
como nos sugiere el Catecismo de la Iglesia católica, las Bienaventuranzas, el
Padrenuestro, los siete pecados capitales, o incluso una lectura de nuestros
deberes hacia Dios, hacia los demás y hacia nosotros mismos.
Usarlos alternativamente es provechoso, así como también seguir el consejo de
un párroco para que nos ayude a adaptarlos a nuestro perfil.
Un niño no comete las mismas faltas que un adulto, un soltero que
un casado, una estudiante que una madre de familia. Hay exámenes de conciencia
a medida, para niños en función de su edad, para los padres, y para los
esposos.
En el decurso de este examen, evitaremos dos escollos.
“No
hay que focalizarse en sus pecados, ni tener una mentalidad escrupulosa
olvidando que no se está llamado a la santidad, pero no hay que pensar tampoco
que es gratuita, y no necesita ninguna purificación ni conversión”,
alerta el padre Roberge.
Y ¿cómo saber si hemos hecho un examen de conciencia completo?
“Nunca se está seguro de haber abarcado por completo la cuestión,
–continúa- pero una de las gracias del sacramento del perdón es que cuanto más
nos confesamos, más fácil es el examen y mejor nos vemos en verdad”.
Por Élisabeth Caillemer
Fuente: Edifa






