El 7 de marzo, en su tercer día de visita en Irak, el Papa Francisco se reunió con la comunidad cristiana de Qaraqosh en la Catedral de la Inmaculada Concepción, para hacer un llamado al perdón y asegurar que el terrorismo nunca tiene la última palabra, sino Cristo que venció a la muerte
Queridos hermanos y hermanas,
buenos días.
Agradezco al Señor la oportunidad
de estar con ustedes esta mañana. He esperado con impaciencia este momento.
Agradezco a Su Beatitud el Patriarca Ignace Youssif Younan su saludo, como
también a la señora Doha Sabah Abdallah y al padre Ammar Yako por sus
testimonios. Mirándolos, veo la diversidad cultural y religiosa de la gente de
Qaraqosh, y esto muestra parte de la belleza que vuestra región ofrece al
futuro. Vuestra presencia aquí recuerda que la belleza no es monocromática,
sino que resplandece por la variedad y las diferencias.
Muy queridos: Este es el momento
de reconstruir no sólo los edificios, sino ante todo los vínculos que unen
comunidades y familias, jóvenes y ancianos. El profeta Joel dice: «Sus hijos e
hijas profetizarán; sus ancianos tendrán sueños, y sus jóvenes, visiones» (cf.
Jl 3,1). Cuando los ancianos y los jóvenes se encuentran, ¿qué es lo que
sucede? Los ancianos sueñan, sueñan un futuro para los jóvenes; y los jóvenes
pueden recoger estos sueños y profetizar, llevarlos a cabo. Cuando los ancianos
y los jóvenes se unen, preservamos y trasmitimos los dones que Dios da. Miremos
a nuestros hijos, sabiendo que heredarán no sólo una tierra, una cultura y una
tradición, sino también los frutos vivos de la fe que son las bendiciones de
Dios sobre esta tierra. Los animo a no olvidar quiénes son y de dónde vienen, a
custodiar los vínculos que los mantienen unidos y a custodiar sus raíces.
Seguramente hay momentos en los
que la fe puede vacilar, cuando parece que Dios no ve y no actúa. Esto se
confirmó para ustedes durante los días más oscuros de la guerra, y también en
estos días de crisis sanitaria global y de gran inseguridad. En estos momentos,
acuérdense de que Jesús está a su lado.
No dejen de soñar. No se rindan,
no pierdan la esperanza. Desde el cielo los santos velan sobre nosotros:
invoquémoslos y no nos cansemos de pedir su intercesión. Y están también “los
santos de la puerta de al lado”, «aquellos que viven cerca de nosotros y son un
reflejo de la presencia de Dios» (Exhort. ap. Gaudete et exsultate, 7). Esta
tierra está llena de ellos, es una tierra de muchos hombres y mujeres santos.
Dejen que los acompañen hacia un futuro mejor, un futuro de esperanza.
Algo que dijo la señora Doha me
conmovió; dijo que el perdón es necesario para aquellos que sobrevivieron a los
ataques terroristas. Perdón: esta es una palabra clave. El perdón es necesario
para permanecer en el amor, para permanecer cristianos. El camino hacia una
recuperación total podría ser todavía largo pero les pido, por favor, que no se
desanimen. Se necesita capacidad de perdonar y, al mismo tiempo, valentía para
luchar. Sé que esto es muy difícil. Pero creemos que Dios puede traer la paz a
esta tierra. Nosotros confiamos en Él y, junto con todas las personas de buena
voluntad, decimos “no” al terrorismo y a la instrumentalización de la religión.
El padre Ammar, recordando los
horrores del terrorismo y de la guerra, agradeció al Señor que siempre los haya
sostenido, en los tiempos buenos y en los malos, en la salud y en la
enfermedad. La gratitud nace y crece cuando recordamos los dones y las promesas
de Dios. La memoria del pasado forja el presente y nos hace avanzar hacia el
futuro.
En todo momento, demos gracias a
Dios por sus dones y pidámosle que conceda paz, perdón y fraternidad a esta
tierra y a su gente. No nos cansemos de rezar por la conversión de los
corazones y por el triunfo de una cultura de la vida, de la reconciliación y
del amor fraterno, que respete las diferencias, las distintas tradiciones
religiosas, y que se esfuerce por construir un futuro de unidad y colaboración
entre todas las personas de buena voluntad. Un amor fraterno que reconozca «los
valores fundamentales de nuestra humanidad común, los valores en virtud de los
que podemos y debemos colaborar, construir y dialogar, perdonar y crecer»
(Carta enc. Fratelli tutti, 283).
Mientras llegaba con el
helicóptero, miré la estatua de la Virgen María colocada sobre esta iglesia de
la Inmaculada Concepción, y le confié el renacer de esta ciudad. La Virgen no
sólo nos protege desde lo alto, sino que desciende hacia nosotros con ternura
maternal. Esta imagen suya incluso ha sido dañada y pisoteada, pero el rostro
de la Madre de Dios sigue mirándonos con ternura. Porque así hacen las madres:
consuelan, reconfortan, dan vida. Y quisiera agradecer de corazón a todas las
madres y las mujeres de este país, mujeres valientes que siguen dando vida, a
pesar de los abusos y las heridas. ¡Que las mujeres sean respetadas y
defendidas! ¡Que se les brinden cuidados y oportunidades! Y ahora recemos
juntos a nuestra Madre, invocando su intercesión por vuestras necesidades y
vuestros proyectos. Los pongo a todos bajo su protección. Y les pido, por
favor, que no se olviden de rezar por mí.
Fuente: ACI Prensa






