Sin presiones, con respeto, entra con Jesús hasta tu núcleo más íntimo y descubre a Dios
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| kotoffei | Shutterstock |
Jesús
trae la paz. Él entra. No presiona, simplemente pasa y me deja su paz.
A menudo yo me aferro a mis
planes, a mis seguridades. Me siento cómodo atado a mi vida tal y como es y no
quiero que nada cambie en ella.
Cierro las puertaspara que no
entren los que desean mi mal. He construido muros para no ser herido, para
que no me hagan daño.
Me he protegido tantas veces de
los que no me aman… Tengo miedo. ¿Por qué tengo miedo?
Porque no confío en Dios, en
su amor, en su vida. Porque no me creo que su amor me baste para ser feliz.
Y me alejo de todos los que me
amenazan con sus propios planes y deseos. No veo en ellos a Dios. No descubro
en ellos buenas intenciones. Sólo desean mi mal, pienso, y me pongo a la
defensiva.
No soy un hombre libre. Y pierdo
la paz en esa esclavitud que he convertido en una forma de vida.
Quiero controlarlo todo para que
salga según mis deseos. Que no cambie nada cuando todo va bien y que
cambie todo cuando nada funciona. A mi manera.
Cierro las puertas donde me
siento seguro.
Concentrarse en lo importante
Gracias a Dios Jesús entra pese a
mis resistencias. No puedo impedir que entre y me dé su paz. Y esa paz suya me
calma. Es la paz del resucitado.
Hay cosas en la vida que tienen
mucha importancia. Es justo que me preocupe cuando suceden.
Tienen que ver con la salud, con
la verdad de mi vida, con la justicia, con el amor. Son sucesos y situaciones
donde es razonable que pueda perder la paz por el miedo.
Pero no todas las cosas que
me inquietan merecen la pena. Hay sucesos y situaciones que son
superficiales y no deberían afectarme mucho, pero lo hacen.
Ahí veo mi inmadurez. Comenta el
papa Francisco:
«Tenemos que aprender a no
quedarnos en un nivel inmediato, superficial, sino a reconocer qué cosas son
las que dejan en nuestro interior una huella buena y más duradera, porque
vienen de Dios y ciertamente sirven para nuestro bien«.
Hay cosas que suceden y tocan un
nivel más hondo de mi vida. Son las cosas que tienen que ver con el mundo de
Dios.
La paz del resucitado
Es la paz que viene de lo alto,
del Resucitado. Él me da su paz y esa paz quisiera que fuera definitiva. No
quiero perderla ante la primera contrariedad que sufra en el camino.
Una paz honda que me haga libre y
profundo. Una paz verdadera que impida que me turbe ante los pequeños problemas
que trae la vida.
No me quiero quedar en lo
inmediato, en lo superficial.
El otro día escuchaba una
propaganda:
«Entérate de lo que se está hablando
en este momento en el mundo».
Vivo inquieto queriendo saber
cuál es el último trending topic o el último video viral o la última
foto más difundida o la última noticia sobre algún tema crucial.
Me importa lo actual, lo
inmediato, lo que está pasando ahora. Y vivo sin paz, inquieto y agobiado por
todo lo que sucede a mi alrededor.
Sin paz en mi alma, sin calma en
mi corazón. Angustiado, intranquilo, agobiado por lo que puede llegar
a suceder.
En esta pandemia de noticias en
desarrollo me agobia que no pase pronto este virus y la situación que me
atormenta no pase rápido. Y le exijo a Dios que cambie todo.
Me quedo en la superficie de las
aguas del río que pasa por mi corazón. Aguas revueltas, confusas, en las
que no puedo ver el fondo del río.
Entra en tu interior con infinito
respeto
Es cierto que sumergirme en las
aguas de mi alma tiene sus riesgos. Como esos buceadores que se sumergen en
cuevas profundas recorriendo galerías estrechas.
No pueden mover los pies con
fuerza porque si lo hacen moverán la arena del fondo y las aguas se volverán
turbias.
Si sucede no podrán ver la salida
y no lograrán subir a la superficie cuando les falte el oxígeno.
Cuando me sumerja dentro de mi
alma quiero hacerlo con calma. Sin prisas. Sin mover mucho los pies para no
levantar la arena del fondo.
Quiero ir buscando a tientas
los caminos que me llevan a mi interior. Me dejo sumergir en lo más hondo.
No fuerzo. No presiono. Dejo que
Dios me guíe de su mano en mi interior. Él puede hacerlo.
Entregar los miedos a Dios
Y allí tomo mis miedos y se los
entrego a Dios. Le pido que me dé su paz, esa paz que nada podrá quitarme y me
permitirá distinguir las cosas por las que merece la pena que me preocupe y
aquello que no es relevante.
Dejaré de dar valor a las
noticias pasajeras que vuelan rápidamente. No me agobiaré intentando llevar el
control de mi barca en el mar abierto.
Sólo Dios sabe cuál es la ruta
que me conviene, yo lo ignoro. Dejo de hacer planes porque sólo Él tiene la paz
que calma mis ansias.
Simplemente dejo que entre y me
calme por dentro. Y acabe de golpe con mis miedos.
Carlos Padilla Esteban
Fuente: Aleteia






