A Pedrito le diagnosticaron en septiembre un cáncer incurable. Su eterna sonrisa y su profunda fe ante la enfermedad están suscitando un reguero de conversiones
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| Foto: Carla Guzmán |
La vida familiar transcurrió en
la más absoluta normalidad hasta el mes de septiembre. Entonces, Pedro,
al que todo el mundo conoce como Pedrito, tuvo un par de días de fiebre.
La subida de la temperatura pareció quedarse en una anécdota después del
resultado negativo de una PCR. Pero dicen que las madres lo saben todo y a
Guzmán le bastó una sola mirada a su hijo de 11 años para darse cuenta de que
algo no iba bien. Debían ir al hospital con urgencia. Ella, que se define como
«hipocondríaca perdida», tuvo que superar su aversión a los centros médicos, y
allí se plantaron.
El diagnóstico definitivo fue un
mazazo: Pedro sufría un cáncer incurable. «Me dijeron que no se le podía operar
porque el tumor era demasiado grande y que, además, nadie en su sano juicio lo
haría cuando el niño tenía también afectados los pulmones», recuerda. Pero por
segunda vez en su vida, la familia se empeñó en llevarle la contraria a los médicos.
No iban a poder tener hijos, y tenían tres. No se podía operar a Pedrito,
y a Pedrito le terminaron operando.
La fuerza de la oración
«Nos pusimos a rezar como locos y
a pedir oraciones a todo el mundo» y los ruegos volvieron a ser escuchados. De
pronto, «apareció de la nada un ángel en forma de jefe de Trasplantes del
Hospital de la Paz», que se había enterado del caso y estaba dispuesto a operar
al niño. Antes de la intervención «nos advirtió de que la operación tenía mucho
riesgo y de que no le salvaría porque tenía otras partes del cuerpo enfermas…».
A lo que la madre contestó: «Entonces lo que hay que hacer es rezar con más
fuerza». El médico, a su vez, respondió: «Al final todos estamos en las manos
de Dios».
El día de la operación –el 20 de
noviembre–, a la misma hora, tres sacerdotes celebraron la Misa en la capilla
de la Paz. La presencia de los presbíteros en el centro médico era habitual
para atender espiritualmente al niño, imponerle la ceniza o llevarle la
comunión. «También comenzó un rosario diario por Zoom, a las 20:00 horas, al
que se apunta muchísima gente», incluido algún médico. Todo ello, unido a la
permanente sonrisa del pequeño, hizo que su historia no pasara desapercibida
para el resto de pacientes. «La médico nos decía que estábamos haciendo un bien
enorme, no sabéis hasta qué punto», asegura Carla Guzmán.
Pero sí, pronto se dieron cuenta
de ese bien al aparecer un sinfín de testimonios de conversión. «Me empezó a
escribir gente que llevaba sin confesarse décadas y que, a raíz de la historia
de Pedrito, habían vuelto a confesarse. O personas de otros países que se
han acercado a la fe», subraya, que ha tenido mucho que ver con la difusión de
la historia al ir relatando sus vivencias a través de WhatsApp. Por todo ello,
«empezaron a conocer a Pedrito como el don Pelayo del siglo XXI,
como diciendo que reconquistaría el mundo para la fe».
De entre todas estas historias de
conversión, «la más impresionante es la de Mireya», afirma la madre. Era la
compañera de habitación y «le impactó su alegría. “Jo, Pedrito, es que tú
estás siempre contento”, le decía». La joven de 17 años veía a su compañero
feliz, a pesar de la enfermedad. Además, «Pedrito le regaló un rosario y
le enseñó a rezarlo. También le decía que ellos lo rezaban todos los días a las
20:00 horas y que pedía mucho por ella». Además, el niño le regaló también su
Biblia, su vela de la Comunión… y entonces un día Mireya pidió el Bautismo.
Después de un breve proceso catequético –a tenor de las circunstancias– Mireya
entró en la Iglesia el 27 de marzo. La conversión de su compañera de cuarto es
una misión cumplida para el don Pelayo del siglo XXI, porque, «ojalá
llegue el milagro de su curación», pero en realidad «la meta es el cielo»,
concluye Carla Guzmán.
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| El cardenal Osoro visita a Pedrito |
El Bautismo de
Mireya se celebró el pasado sábado, 27 de marzo, en el Hospital Gregorio
Marañón después de recibir catequesis durante tres semanas. En la misma
ceremonia la joven recibió también la Primera Comunión y la Confirmación.
Pedrito iba a ser el padrino, pero
por medidas de prevención frente a la COVID-19 no pudo asistir a la ceremonia,
que estuvo presidida por el cardenal Osoro. Por eso, el arzobispo de Madrid,
que ha estado muy cercano a Pedrito en todo el proceso, acudió a la
casa familiar para conocerle en persona.
José Calderero de Aldecoa
Fuente: Alfa y Omega







