"Te recomiendo un hacer una buena confesión sacramental, hazlo y después me cuentas..."
![]() |
| SvetaZi | Shutterstock |
“Tú
eres, Señor, bueno e indulgente, lleno de amor con los que te invocan» Salmo 86, 5
¿Te has alejado de Dios por tus
pecados? ¿Te sientes indigno? ¿Crees que nunca podrá perdonarte? No te
preocupes. Les ocurre a muchos.
Nada debe impedir que te acerques
a Jesús, ¿acaso olvidas que curó leprosos? Los que nadie quería cerca, los
aislaban y obligaban a vivir lejos de los pueblos y ciudades.
Él buscó a los enfermos y
lisiados para curarlos, a los que todos aborrecían para abrazarlos y decirles
que eran hijos amados por Dios. ¿Acaso crees que tus pecados lo van a
alejar de ti?
Abre tu Biblia, busca Marcos 2 y
lee este versículo:
«No es la gente sana la que
necesita médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a
pecadores.”
Una gran oportunidad de renovación
Hoy, que lees estas palabras,
tienes la enorme oportunidad de restaurar tu vida interior, de rehacer tu
amistad con Dios. Aprovéchala.
Acércate al sacramento de la
reconciliación, limpia tu alma y haz tu vida grata a a Dios.
Restaura tu amistad con nuestro
Padre Dios que está en el cielo. Hazte digno de su amor por ti.
“Pero Claudio”, me podrás decir,
“no recuerdo mi última confesión con un sacerdote y he olvidado cómo hacerlo,
qué debo decir, cuáles son los pasos”.
Un encuentro decisivo
Recuerdo aquel amigo que se me
acercó un día a la salida de misa para saludarme.
“He logrado grandes éxitos en la
vida”, me explicó inquieto, “pero nada me satisface; tengo dinero, pero, ¿de
qué me sirve?”.
“Es que lo tiene todo menos a
Dios”, le respondí. “Sin él en tu vida, nada valdrá la pena. Cuando
Dios habita en ti, hasta el más pequeño de tus actos, como barrer con una
escoba genera una gracia sobrenatural y agrada a Dios. Basta que estés en
gracia de Dios con el alma pura. Te recomiendo un hacer una buena
confesión sacramental. Hazlo y después me cuentas. Y no te preocupes si
olvidaste cómo hacerla. Dile al sacerdote, él te guiará”.
No volví a verlo por meses.
Recuerdo que era diciembre, cerca de Navidad. Lo reencontré después de la misa
dominical en el Santuario Nacional del Corazón de María, pero esta vez se veía
diferente, iba radiante, feliz.
“Hice lo que me recomendaste”, me
comentó. “Siento que la vida cambió para mí. Ayudo a todo el que puedo.
Cuido mi cuerpo, mis pensamientos, mis palabras, para no ofender a Dios. La
gracia me ayuda a tener presencia de Dios. Dios te da lo que nada ni nadie más
puede darte, la Paz verdadera, la felicidad, un PROPÓSITO. ¡Es genial!”.
Me sentí feliz y agradecí a Dios
por el cambio en su vida.
¿Cómo está tu alma?
A todo el que veo le recomiendo
lo mismo, hacer una buena confesión y llevar una vida sencilla, buscando a
Dios que es el mayor bien de todos. He visto los resultados y son
increíbles.
Y tú amable lector, ¿cuándo fue
la última vez que te confesaste? ¿Cómo está tu alma?
Claudio de Castro
Fuente: Aleteia






