En la cárcel y sometido a auténticas torturas, uno de los más grandes contemplativos y místicos de la historia nos ha dejado una poesía que permite descubrir el misterio de Dios hecho hombre
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| Dominio público |
Diciembre,
1577. El frío en Toledo penetra hasta los huesos. San Juan de la Cruz (cuya
fiesta celebraremos el 14 de diciembre), a sus 35 años, se encuentra encerrado
en la cárcel del convento Nuestra Señora del Carmen.
Por miedo a que pueda escaparse, sus carceleros le han puesto en
una de las peores celdas: un antro de 7 metros de largo y 1,60 metros de ancho,
con un agujero de tres dedos en lo más alto de la pared, por donde apenas
pueden pasar ni la luz ni el aire.
La alimentación es apestosa: pan y agua, pan y agua. En ocasiones,
unas sardinas. A veces, debe comer de rodillas ante los frailes del
convento.
La Navidad más humillante
El castigo más doloroso y humillante es la «disciplina circular»:
todos los religiosos, uno por uno, le azotan la espalda cada viernes con unas
varillas en el refectorio.
San Juan había sido traído, a la fuerza y en secreto, a este
convento tras haber sido apresado junto al convento de la Encarnación de Ávila,
la noche del 2 al 3 de diciembre de 1571.
Recorrió durante dos días ese viaje, a lomos de mulo, entre el
frío y la nieve castellanos. Para complicar su huida, le vendaron los ojos.
Nadie debía saber que era llevado a Toledo. Y fray Juan no debía saber cómo
había llegado hasta allí para que dificultar su escapada.
Los suplicios que vive Juan de la Cruz no son fruto de la crueldad
gratuita de los frailes toledanos, sino que correspondían a la pena impuesta a
los religiosos desobedientes, rebeldes y contumaces contra las Constituciones
de la Orden carmelita.
Las acusaciones contra fray Juan de
la Cruz
Las acusaciones que se dirigían contra Juan de la Cruz eran las
más graves: su reforma estaba creando el mayor peligro para la Orden: su
división.
Por este motivo, el capítulo de la Orden de Nuestra Señora del
Carmen había decidido suprimir con todas las medidas posibles la reforma que
estaba promoviendo Juan de la Cruz, con la que pretendía devolver a la
comunidad carmelita el fervor inicial: una vuelta a la vida de pobreza y
oración, que caracterizó a los primeros eremitas del Carmelo.
Esta divergencia acabaría ocasionando la gran fractura dentro de
la Orden entre los carmelitas calzados y, los seguidores de San Juan, los
carmelitas descalzos.
¿Es posible imaginar una situación más terrible para quien se
convertiría en uno de los grandes místicos de la historia, doctor de la Iglesia
y poeta universalmente reconocido?
El «Romance del Nacimiento»
Así se preparaba San Juan para vivir la Navidad más horrible de su
existencia. La oscuridad de su celda chocaba frontalmente con las luces de las
velas navideñas, el silencio ensordecedor chirriaba con los villancicos.
Gracias a la complicidad de un fraile carcelero, pudo tomar algo
de papel y pluma para recoger las vivencias espirituales que estaba
experimentando en esos largos momentos de oración y sufrimiento, que cambiarían
para siempre su existencia: en la cárcel encontró la verdadera libertad.
En esas cuatro paredes experimentó la «Noche oscura del alma», esa
experiencia de privaciones, soledad y purificaciones por las que el alma tiene
que pasar para alcanzar la unión con Dios.
En esas circunstancias compuso el «Romance del Nacimiento», una
poesía con la que, despojado de todo, Juan de la Cruz pudo comprender el
verdadero significado de la Navidad: Dios, Todopoderoso, hecho hombre, en
Jesús, experimentó plenamente el sufrimiento, el mal y, sobre todo, la
injusticia.
Los versos de Fray Juan de la Cruz
Leamos juntos el Romance de Navidad:
La mayor de las paradojas: Dios que
sufre la injusticia
En esta poesía, como explica María
del Pilar de la Iglesia, experta en espiritualidad carmelita,
después del Niño, la principal protagonista es la Virgen María, ya que ella le
ha gestado no solo en sus entrañas silenciosas, sino también en su
corazón.
Dios, a quien no puede contener ni el Cielo ni la Tierra, tiene su
morada en el seno de María, para mostrar al hombre que Dios ha querido sufrir
no solo el dolor sino también la injusticia, que muchos experimentan como el
peor de los sufrimientos.
La Madre solo le puede ofrecer la pobreza, un pesebre como trono,
y por corte de honor, unos animales.
En el intercambio de presentes, el Esposo nos regala el gozo y la
alegría. La esposa le ofrece, en cambio, la pobreza y el llanto.
En este admirable intercambio de amor en el tiempo y en la eternidad,
Dios y el hombre están implicados. Ello causa admiración a todos los que lo
contemplan, comenzando por la sorpresa («el pasmo») de María, que adora a Dios
en el hombre, y en el hombre adora a Dios.
Matilde Latorre
Fuente: Aleteia






