El
difunto es sepultado –o son depositadas sus cenizas– en condiciones, podríamos
decir, adversas para su familia y allegados
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| Cementerio © Cathopic/ Dinax |
Según
señala el punto 1.683 del Catecismo: “La Iglesia que, como Madre, ha llevado
sacramentalmente en su seno al cristiano durante su peregrinación terrena, lo
acompaña al término de su caminar para entregarlo en las manos del Padre”.
Además,
el punto 1.187 expone que “la liturgia es la obra de Cristo total, Cabeza y
Cuerpo. Nuestro Sumo Sacerdote la celebra sin cesar en la liturgia celestial,
con la santa Madre de Dios, los Apóstoles, todos los santos y la muchedumbre de
seres humanos que han entrado ya en el Reino”.
Así,
es la Iglesia la que “se encuentra” en el funeral y entierro del difunto –o
depósito de cenizas en caso de cremación–, representada por el ministro y la
comunidad que asiste –en el número y del modo que sea– a esas ceremonias. Sí,
la Iglesia como tal, aspecto éste imprescindible para entender cuanto
referiremos en este artículo, y para cerciorarse de que la gracia divina que
acompaña a las exequias se halla presente al margen de las circunstancias en
que se celebren dichas ceremonias.








