Sabemos (espero) que la oración es un anticipo del cielo: «Nuestra vida valdrá lo que valga nuestra oración» (Marthe Robin)
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Es un diálogo que se da en un dialecto divino, donde el corazón
da un salto desde la tierra hasta la eternidad. Incluso las más despistadas,
tienen algo del sabor de lo infinito.
«El hombre lleva en sí mismo una sed de
infinito, una nostalgia de eternidad, una búsqueda de belleza, un deseo de
amor, una necesidad de luz y de verdad, que lo impulsan hacia el Absoluto; el
hombre lleva en sí mismo el deseo de Dios. Y el hombre sabe, de algún modo, que
puede dirigirse a Dios, que puede rezarle» Benedicto XVI, catequesis del 11 de mayo de 2011
En este intercambio de palabras entre el corazón del hombre y el corazón de Dios, ¿qué papel tiene la oración de petición?






