La Hostia consagrada es particularmente eficaz para poder palpar el amor infinito de su corazón
¿Quién
no necesita de un amigo con quien caminar a lo largo de la vida? ¿Quién no
necesita de una persona que nos escuche y acoja con el mayor aprecio? ¿Quién no
necesita de alguien con quien compartir la alegría fraterna de la amistad, y
siempre dispuesta para ayudarnos en los momentos difíciles? El mejor de estos
amigos es Jesús, nuestro Reconciliador, a quien podemos recibir en el
Sacramento de la Eucaristía, y a quien también podemos visitar, acompañándolo
ante el Sagrario, en el silencio de una capilla o de una iglesia.
El
Señor Jesús nos llama «amigos». Está siempre con nosotros y, como sabemos, eso
se manifiesta de modo visible en la Eucaristía, «sacramento del Sacrificio del
Banquete y de la Presencia permanente de Jesucristo Salvador». Siendo un sacramento
admirable, a veces se nos olvida que podemos recurrir a él con frecuencia. No
tenemos que esperar cada Domingo para encontrarnos con Cristo presente en la
Eucaristía. Podemos salir al encuentro del Señor. Ahí Jesús nos espera siempre,
anhelante de que le abramos el corazón en la intimidad de la oración.







