Reconocer la propia verdad y aceptarla sana por dentro y libera, reaccionar mal ante las críticas puede mostrar que alguien se ha idealizado
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Ser capaz de reconocer que yo hago las mismas cosas
que critico en otros es sano, me hace más libre, más humilde, más pobre.
Reconocer mi verdad y aceptarla me sana por dentro. No
saber quién soy, qué hago mal, qué no hago, me esclaviza.
No soy consciente de mi agresividad, de mi orgullo, de
mi vanidad. Pienso entonces que los demás me tienen envidia. Ellos quieren ser
como yo y al no lograrlo hablan mal de mí.
Y yo no sé que lo que despierto en otros no es culpa
de ellos, es responsabilidad mía. Yo soy de una manera y no de otra diferente.
Lo que ven en mí los demás no necesariamente coincide
con lo que yo veo. Y me lo dicen y yo me rebelo molesto, porque me hacen daño
sus acusaciones.
No acepto las verdades que me lanzan como piedras.
Quieren mi mal, pienso. No quiero engañarme pero no creo ser como los demás me
ven. Estarán equivocados, seguro, pienso en mi corazón.
Ellos no me conocen tan bien, yo sí me conozco. Pero
me engaño. La mentira se apodera de mí y me permite estar seguro. No pretendo
engañar a nadie, simplemente me engaño a mí mismo. Isabel
Serrano-Rosa comenta:
«Las
personalidades más proclives a mentirse a sí mismas son las narcisistas, cuya
idea grandiosa de su persona no se corresponde con la realidad».
Y así vivo una mentira que para mí se convierte en una
verdad irrefutable. ¿Cómo puedo conocer la verdad de lo que soy? ¿Cómo
distinguir mis intenciones más ocultas? ¿Por qué vivo pensando que el
mundo me debe algo?
Vivo en tensión porque no quiero que los demás me
conozcan en mi interior. Veo heridas y pecados que
quiero ocultar.
Entonces no miento, pero tapo con pudor.
No tengo por qué exponer mi fragilidad.
Eso sí, mi debilidad expuesta me hace más
humilde. Que los demás me traten de acuerdo con mi verdad es una
humillación que me hace más libre, más niño.
Las mentiras sobre mí mismo no me hacen bien. Como
leía el otro día:
«Con las
mentiras se puede llegar muy lejos. Pero lo que no se puede es volver».
No puedo volver desde mis mentiras. Me alejo de mi
camino de felicidad, de mi plenitud. Aceptar que soy frágil me ayuda a crecer.
Decía Rafa Nadal:
«Mi cabeza
tiene el talento para seguir dándome oportunidades, continuar trabajando y
aceptar los fallos para seguir haciéndolo mejor».
Y su tío Toni Nadal decía de él:
«La búsqueda de
la objetividad y evitar el engaño no ha impedido que tuviera la máxima
confianza en las posibilidades de Rafael».
Cometer errores, ser torpe y débil no es el final de
nada. Es más bien el comienzo de un nuevo camino de plenitud. Aceptar
los límites es lo que me permite crecer.
No ver los límites es vivir en la mentira. Me siento
mejor por un tiempo, pero no crezco. Por eso es tan importante besar la
realidad como es y soñar con lo que puedo llegar a ser.
Puedo hacerlo mejor, puedo crecer, no estoy condenado
siempre al fracaso. Puedo crecer por encima de mis fragilidades y roturas.
La verdad de lo que soy es sanadora. Me enfrenta con
mis límites y pecados pero siempre desde la verdad de lo que hay en mí.
En ocasiones un pecado público, una caída humillante,
un fracaso flagrante, ese olvido de los que antes me ensalzaban, pueden
ser una oportunidad para ser más de Dios, para vivir más en la
verdad, para crecer en mi camino de santidad.
No quiero vivir engañándome a mí mismo. Tengo claro
que mi pecado me ha dejado dañado por dentro y quiero darle mi sí a lo que soy.
Acepto lo que hay en mí, lo que vivo y tengo. Escucho lo que los demás me dicen, porque en ellos veo a Dios
hablándome siempre.
Cuando me critican por algo que he hecho mal, me
alegro porque esas críticas me ayudan a profundizar en lo que de verdad soy.
No me siento herido en mi orgullo, no me
aferro a esa imagen idealizada que tengo de mí mismo.
Tengo claro que no merezco ninguna alabanza. Sé
que una crítica puede hacerme crecer mucho más que cientos de alabanzas recibidas.
Esa verdad que hay en mí es la que acepto y reconozco
sin pudor. Soy yo con mis límites y torpezas. ¿Por qué no logro ver lo que
otros ven?
Me engaño de forma obsesiva. Es como si no necesitara
a Dios. Me empeño en poder llegar yo solo sin ayuda a todas
partes y no lo logro.
Vivir desnudo es muy difícil. Me escondo, me protejo,
me guardo. Estoy dividido y sólo Dios es el que logra que esté unido en mi
interior.
Quiero alabar a Dios en mí, en lo que hace conmigo.
Mis heridas y enfermedades, mis roturas y límites me hacen daño.
Quiero reconocerme pobre ante los demás, ante
Dios. Sin protegerme, sin vivir defendiéndome.
Si alguien me dice que soy orgulloso, no tengo que
pedirle que me lo demuestre. Si alguien ve en mí debilidades, no tengo que
apartarlo de mí ofendido echándole en cara sus propios defectos.
Quizás me ha mandado Dios a esa persona para ayudarme
a cambiar, a crecer, a aceptarme en mi realidad.
Cuando caigo, y escucho los juicios ofensivos de los
que no me quieren, en mi cabeza, en mi corazón, me doy una nueva oportunidad.
Dios me ama por encima de todo y me quiere en mi
pobreza. Ese amor incondicional me levanta, me eleva, me sana. Dejo de lado
todas las mentiras que me hacen daño. Y veo con alegría ese niño herido
que hay en mi corazón.
Carlos Padilla Esteban
Fuente: Aleteia






