La oración que acompaña al gesto litúrgico de echar agua en el vino, pronunciada en silencio, significa el sacrificio eucarístico que diviniza a la humanidad
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| Pascal Deloche | Godong |
Como dice el refrán: «El agua
estropea el vino, el vino mejora el agua». ¿No tiene esto un buen sentido
teológico? Si el agua es el signo de la humanidad y el vino el de la divinidad,
la primera está llamada, en efecto, por el sacrificio de Cristo, a unirse con
la segunda: «nuestro Dios se hizo hombre, para que el hombre sea Dios», dice el
cántico. Lo contrario se llama pecado, cuando la humanidad se aparta de su
vocación de hijo del Padre malgastando sus dones.
Esta realidad central de la vida
cristiana es recordada en cada Misa por un gesto discreto del sacerdote o del
diácono. Durante el ofertorio, mientras corta con agua el vino para la
consagración, el ministro dice en silencio:
«Al mezclarse esta agua con el
vino para el sacramento de la Alianza, que nos unamos a la divinidad de Aquel
que quiso asumir nuestra humanidad».










