Cuando la renuncia es por amor, con la fuerza del Espíritu Santo, es una ganancia
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| Olena Yakobchuk|Shutterstock |
No me
siento maduro en la misión de toda mi vida: amar con todo mi ser y dejarme
amar.
Y es que no sé amar de verdad. No sé amar a mi hermano,
a mi cónyuge, a mis hijos o padres como Dios me ama a mí.
Pero el Espíritu Santo me capacita para lo más difícil en el amor.
Comenta el padre José Kentenich:
«Una vida en
el Espíritu Santo nos capacita para la renuncia que no es expresión de frialdad
sino de un amor heroico».











