El terrorismo
en el norte de Mozambique ha provocado desde 2017 más de 5.000 muertes y un
millón de desplazados. Esta es la historia de cuatro religiosas que se niegan a
abandonar sus hogares pese al miedo y la miseria
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Hna. Ofelia Robledo en Mozambique. Foto: José Ignacio Martínez. Dominio público |
La murciana Ángeles López
se salvó por poco. Aquel martes, 6 de septiembre de 2022, cuando yihadistas
irrumpieron en su misión en Chipene, un pueblo de Nampula, provincia que
colinda con la de Cabo Delgado, acababa de dar las buenas noches a Maria de Coppi,
su hermana comboniana.
Fue la última vez que ambas se vieron con vida. «Vino a
mi cuarto y me pidió que leyera un mensaje que le había mandado su sobrina». A
los pocos segundos, gritos de hombres y golpes. «Escuché cuatro balas, así que
me pegué a la pared. Después abrí la puerta y vi que Maria ya estaba muerta».
Todo comenzó en 2017 en Cabo Delgado, una
de las zonas más abundantes en recursos naturales de todo el continente
africano —gas, petróleo, mármol, oro, grafito, rubíes…—, pero también una de las
regiones más pobres de Mozambique, que a su vez es una de las naciones más
pobres del mundo; ocupa el puesto 185 en el Índice de Desarrollo Humano. Fruto
del hastío, de la inequidad y de una desconfianza cada vez más palpable en
autoridades y líderes políticos, salpicados por la corrupción, aquel año un
grupo de insurgentes asaltó un puesto de Policía, dando lugar al inicio de unas
arremetidas que se han prolongado hasta la actualidad.