Cuidado: querer encerrar y aprisionar nuestra vida y nuestra experiencia de Dios nos deja inmóviles
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Cuando recorremos un camino o
peregrinamos, inevitablemente tenemos que decidir, más o menos conscientemente,
la dirección en la que queremos ir. Esto también pasa en la vida. Pero cada vez
más vemos una tendencia generalizada a retrasar las decisiones.
Al final preferimos que los
demás, la realidad o el tiempo elijan por nosotros. De esta manera parece
que nos hemos liberado del peso de la responsabilidad.
El horizonte está delante de
nosotros, pero no tenemos el coraje de zarpar.
El riesgo es que la vacilación se
convierta en la norma y al final dejemos de vivir.
Más grave aún es que, al posponer
decisiones, las consecuencias recaigan en la vida de otros.















